Cine-mundial (1946)

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Escolios a Nueva York La Ruti de Blanca Nieves Por Angel Rafael Lamarche Una de las más atractivas versiones de esas historias maravillosas que corren desde hace más de un siglo para los niños iberoamericanos es aquella de la muchacha dulce pero audaz, que lanzándose a la formidable aventura de sorprender el refugio de una maga, señala el camino que emprende por una comarca desconocida con trocitos de pan, de modo que pueda encontrarlo y seguirlo fácilmente al retorno. Desde luego, el elemento de la señal la hace más que inútil; las avecillas de los alrededores, ávidas de tan inesperado presente, se encargan bien pronto de borrarla. Y las posibilidades del seguro regreso quedan perdidas. Si no recuerdo mal, la linda e ingenua heroína de la historia que ha hecho soñar y estremecer a lo largo de varias generaciones las mentes infantiles en las veladas hogareñas de Iberoamérica, es la propia Blanca Nieves de la tierna oficiosidad y de los Siete Enanos. Cuando vine por primera vez a Nueva York, ambulando por sus vías, recordé la ruta del personaje fabuloso. Abstraido, con el pensamiento quizás dónde, caminaba una mañana con la mirada en tierra; de improviso, algo que vi aparecer de trecho en trecho y a muy pocos pasos, llamándome la atención, hizo que me dijese a mí mismo : “| qué curioso!” Entonces observé en lo adelante con cuidado, y el hecho se repetia. Se repetia por dondequiera que fuese; en el gris pavimento de las aceras y en el oscuro adoquinado o el piso de las calles; en las escaleras del “subway” y en el suelo de los andenes o de los coches; en la entrada de las tiendas y de los hospitales y en las baldosas de un café o en el alfombrado vestibulo de los teatros; en el hule de las oficinas o en el entarimado y los mármoles de los templos. Por todos los sitios o en todos los puntos. Si; breves horquillas para el pelo, de ésas que por su pequeñez parecen formadas por el leve y caprichoso trazo de la pluma de un dibujante, caídas al paso de los peatones, fingian la intención de indicar un camino o un rastro a través de toda la urbe. Dentro de las características de Nueva York, se me antojó esto muy simbólico. Si la gigantesca ciudad tiene afanes agrios o rudos, semeja también resbalarle o fluir por entre las propias agruras o rudezas, mucho de femenino, y en la femineidad de Nueva York nada más típico que lo que se relacione con la cabellera de sus mujeres. Agosto, 1946 Lo excepcional, lo inusitado, lo preponderantemente femenil de la neoyorquina entre lo femenil del mundo, por lo común está en sus cabellos. La horquilla es instrumento valioso para el adorno y la variedad de esas cabelleras, y se puede suponer la solicitud con que se la prenden; pero al mismo tiempo como recurso de fijación, tal vez insinúa en el espíritu de la mujer, no poco de esclavizador, de torturante, de restrictivo. ¿Instintivamente, el alma o la subconsciencia de las neoyorquinas, libres o rebeldes por antonomasia, más que por obra de la escasa seguridad de tal adminículo, las impulsa a desembarazarse de éstos, como en signo o testimonio de liberación? Además, ¿no son estas horquillas desprendidas, punteo o subrayamiento de la preponderancia de lo femíneo en la vida de la ciclópea población, declarándole a los transeúntes, a cada sér, y en especial a cada hombre: “Ea, por acá pasamos; ya ven; no se olviden,” e invitándolos a seguirlas con tan débiles indicios o señales en procuración de una determinada mujer o de Ja mujer hasta una meta quimérica o inalcanzable? En aquella época de mi primer arribo a Nueva York, yo pensé, fantaseando, podría decir que con una sonrisa mental, de esta forma. Y me dije, en súbito recuerdo de la vieja fabula y con una efectiva sonrisa en los labios: “La ruta de Blanca Nieves.” Al volver he visto repetirse de manera inalterable lo que no ví en otros lugares que conozco: las horquillas caídas en cantidad extraordinaria siguen al parecer intentando dejar un rastro o un rumbo. Naturalmente, a pesar de su uniforme brevedad, hay horquillas de éstas que aparecen como más agiles, mientras otras se miran como más sólidas, casi en revelación psicológica de las cabezas que cayeron. Dijérase que trajeron enredadas ideas agudas o salientes, e ideas romas o chatas, y aunque—he aquí otra de sus originalidades—no las acompaña ni una sola hebra de pelo ni se las ve en parejas sino una a una. Viéndolas de nuevo, lo que atrás me pregunté, me lo he preguntado otra vez hoy: “¿A dónde va a parar este camino; tiene término siquiera?” Pero me he dicho asimismo: “¿La singularidad de la cuestión no estará en mantenerse en el momento, y mañana, y el año que viene, y otro año, y otros y otros más, indicándolo sin conclurlo nunca? ¿Y por sus vueltas y revueltas no es ya mas que un camino extendiéndose y avanzando en distancia, camino que vuelve a si, se cruza y se enrosca a semejanza de un laberinto?” Muy interesante el caso. Y muy fácil de comprobar. Ahí están las horquillas desprendidas de los hermosos cabellos de las mujeres de Nueva York dejando sin descanso en la ciudad alta o en la ciudad baja, en el Oeste o en el Este, en los barrios lujosos o en los pobres arrabales, en el verano o en el invierno, en el otoño o en la primavera, y para mayor curiosidad o más fiel parecido con el cuento: sin que lleguen jamás a enmohecerse, como si las renovasen, por lo menos, cada día, dejando para los ojos que las quieran ver o seguir la ruta fantástica o eternamente imposible o inconclusa de Blanca Nieves. Ne es raro que todos admiren mi piel! “Mi mamita sabe el secreto para mantener mi piel suave y sana. Ella me aplica diariamente Talco Boratado Mennen y dice que es un polvo delicado y suave, que calma, refresca y conserva mi piel libre de salpullido y rozaduras del pañal, protegiéndola a la vez contra irri taciones einfecciones.”” Suave como el aire. Taleo Soratade MENNEN Buenas Razonez Para Preferir Las HOJUELAS DE AVENA 3-MINUTOS 1. MEJOR GUSTO 2. MAYOR NUTRIMENTO 3. MAS CANTIDAD Página 405