Cine-mundial (1946)

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Eugenio Warren Biscailuz, "sherif" de Los Angeles, descendiente de vascos, que todos los años encierra en la cárcel por unas horas al cuerpo consular de aquella ciudad, ga nándose de tan singular manera la simpatía de todos cuantos le conocen. Bizcailuz dice que no. La colaboración entre ambas entidades policíacas es mutua y no existe rivalidad de ningún orden. A veces, en ciertos casos, el jefe de policía pide ayuda al “sheriff” y se le presta de buen grado. En otras, bastante frecuentes, es el “sheriff” quien recurre a las fuerzas policíacas municipales. El banquete del encierro Las atribuciones policiales del “sheriff” de Los Angeles comprenden más de 45 pueblos cercanos, desde San Fernando y y Beverly Hills, donde residen tantas estrellas de la pantalla, hasta Santa Mónica y Palos Verdes, en la costa del Océano Pacifico, donde se halla el puerto de Los Angeles. Eugene Warren Biscailuz es “sheriff” de la vasta ciudad californiana desde 1932. Estudió la carrera de leyes en la universidad de California del Sur. Aunque tiene 63 años, no representa más de cincuenta y pico. Su padre se llamaba Martín Biscailuz y aunque hijo de un pastor de cabras vasco que había emigrado a California hace más de ciento cincuenta años, el progenitor del “sheriff” nació también en Los Angeles. La abuela del actual Biscailuz descendia de Agosto, 1946 una de las mas linajudas familias españolas de la vieja California. Todos los años, en el mes de abril, con motivo de la Semana del Comercio Exterior, el “sheriff” de Los Angeles invita a un banquete a todo el cuerpo consular y altas autoridades municipales. El banquete tiene lugar en el comedor de la cárcel del condado de Los Angeles. Una vez que todos los invitados han penetrado en el edificio carcelario, uno de los rascacielos de Los Angeles, Biscailuz pide al alcaide que cierre el edificio y le haga entrega de las llaves. Con ellas en la mano, agitándolas como unas campanillas, entra en el comedor de la cárcel donde se encuentran todos los invitados diplomáticos y, sonriendo, encantado de su propia gracia, les dice: —Señores: siento tener que comunicarles que están todos ustedes en la cárcel, encerrados y a mi disposición. Aquí tengo las llaves. Se les ruega que sean presos dóciles, no vaya a tener que tomar medidas más enérgicas. He dispuesto en estas mesas donde a diario comen los encarcelados un banquete para que vean que, aunque bajo mi custodia, se les cuida bien. Espero que queden tan complacidos que deseen volver a ingresar en la cárcel el año que viene por esta fecha. No me gustaría tener que meterlos en la cárcel antes. Todos los invitados rien la gracia y aplauden a Biscailuz. Uno de los huéspedes de honor suele ser el cónsul de Méjico en Los Angeles. En esta ciudad conviven más de doscientos mil mejicanos. El visitador Carrillo En el último encarcelamiento de cónsules y hombres de negocio con motivo de la Semana del Comercio Exterior, uno de los invitados fué el actor cinematográfico Leo Carrillo. Desciende éste de una de las más antiguas familias españolas de California. Tiene a gran orgullo su ascendencia española y su origen californiano. Dice que le agrada hablar en la lengua de Dios, y, en efecto, se expresa con gran corrección en castellano. Leo Carrillo contó a los ilustres “encarcelados” la costumbre tradicional de un grupo de antiguos residentes, gente rica, que todos los años, vestidos a la usanza de la vieja California, en caballos enjaezados con arreos labrados en plata, van recorriendo “el camino real,” visitando las misiones de los padres franciscanos, como en tiempos del primer alcalde de Los Angeles, don José Venegas, en las postrimerías del siglo 18. Estos caballeros tradicionales se llaman “visitadores” y Leo Carrillo, jugando con la palabra visitador, alude a que por venir de visita a la cárcel, el intransigente y montaraz Biscailuz le ha encerrado y le ha obligado a tomar unos platos que no quería. El “sheriff,” entre risotadas, contesta a Carrillo diciéndole que se dé por satisfecho que no le obliga, haciendo uso de su autoridad, a que friegue esos mismos platos terminado el condumio. Y saltan los tapones de las botellas y reina la mayor alegría en la cárcel. 2 EN QUE PUEDO COMPLACER A MI SEÑOR? ¡AHORA ERES MI FAVORITA, MORAIMA! Página 403 ESE Io ARE eet TOTEE