Cine-mundial (1946)

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Capa uno de nosotros contribuimos al cabo del amo con una cantidad indeterminada de dinero al sostenimiento del cine. La pelicula es nuestra amante comun. Ahora bien, si alguna vez se mos ocurre ir a ver a -nuestra amante que sabemos tiene su domicilio en Hollywood, una fuerza armada nos lo impedira. Tenemos que seguir amándola platónicamente. Ya no un beso, ni siquiera nos permitirá que apreciemos de cerca sus encantos. Tal injusticia demanda, por lo menos, una huelga de cineastas. Lo más difícil para un simple aficionado al cine es poder entrar en un estudio de Hollywood a ver cómo se hace una película. En esto el mundo cinematográfico norteamericano se parece a los padres benedictinos, que jamás permiten el acceso a sus talleres para ver cómo se elabora el sabroso licor. Juan Dominguez y Pedro Ramírez, para citar dos mombres de incondicionales del cine, suelen acudir a salas de espectáculos de esta indole cuando menos dos veces por semana. Al cabo del año han visto más de un centenar de películas, han dejado en la taquilla buena cantidad de plata y, habiéndose estropeado la vista en el cultivo de su afición, han tenido que montar unos espejuelos sobre sus narices. Hollywood debiera estar profundamente agradecido a Dominguez y a Ramirez. Son a modo del “soldado desconocido” del cine. Su labor, realizada con gusto, ha sido verdaderamente heroica. De las ciento y pico de películas que han visto desfilar por la pantalla, probablemente el pico es lo único que merecía la pena de verse; porque a pesar del monumental esfuerzo de Hollywood y del caudal de dinero que se vierte en la producción de cintas, son escasas las que poseen verdadero mérito. Hollywood debiera recibir a estos héroes anónimos del cine con todo entusiasmo. Gracias al esfuerzo de los Ramírez y Dominguez, que también pueden ser Smiths o Brands o Figolinis, Lana Turner entra en el “Brown Derby” con un lujosisimo abrigo de pieles, Adolfo Menjou puede pagar quinientos dólares por un traje y Ray Milland adquirir una propiedad valorada en 50.000 dólares. Mientras los cineastas se van quedando sin dinero y sin vista, millares de seres en Hollywood, desde directores y productores hasta barrenderos de los estudios, se van quedando con más dinero y no pierden la vista. Creo que si existe justicia en la tierra, los cineastas merecen su homenaje. Vamos a ver cómo se les otorga. Un día Ramírez y Domínguez, llevados de su pasión y su heroísmo por elcine, emprenden un viaje y se presentan en Los Angeles dispuestos a ver filmar a su estrella o astro favorito. Bien mezquina recompensa es después de tantos años de pasarse horas y horas en salas semioscuras oyendo hablar inglés desde la pantalla en todos los acentos imaginables. Toman un taxi y se apean a la puerta de uno de los grandes estudios de Hollywood. Se topan con un policía uniformado, Página 388 F'Los presuntos lances en que se mete un señor que quiere entrar . . . en los € talleres de la Metro. Son presuntos porque los protagoniza Skelton, pero son verdad en cualquier otro caso. # sentado detrás de un pupitre, en un’ escritorio que ostenta en su parte superior un letrero que dice “Information.” Por poco inglés que hayan aprendido, deducen del letrero que alli es donde pueden suministrarles informacion. Cortésmente Dominguez y Ramirez exponen: —Llevamos doce años admirando a Claudette Colbert. Desearíamos verla filmar alguna película y darle la enhorabuena. La esposa de Ramírez que va con ellos, añade: —Y de paso preguntarle, si no le ofende, cómo diablos hace para mo engordar jamás ni envejecer nunca. El guardia del pupitre los mira iracundo. Demanda saber quiénes son. —Somos cineastas. Hemos visto todas las películas que esta empresa ha filmado, conocemos por su nombre de pila a todos los artistas principales, sabemos... El guardia les interrumpe. Les dice de un modo seco, inflexible, que está prohibido pasar a los estudios, que las estrellas no reciben. —Es que hemos venido de muy lejos sólo para verlos. Nos ha costado mucho dinero el viaje. No podemos irnos sin ver a nuestros idolos. ¿Dónde viven? Pasaremos por sus casas. Estamos seguros que querrán conocer a quienes los venimos admirando des Lo primero es hacerse el disimulado. . . . de hace tantos años. El impertérrito guardia, con su pistola al cinto, suelta una carcajada estentórea, como si quisiera imitar a Boris Karloff en una película de terror. —Están ustedes locos—replica después que ha acabado de reírse—con semejante pretensión. Nos está rigurosamente prohibido dejar pasar a los estudios y aún más el proporcionar las direcciones de los domicilios de nuestros artistas. Vuélvanse al lugar de donde han venido y no pierdan más el tiempo. Y hagan el favor de apartarse, que interrumpen ustedes que otras personas en busca de información se acerquen al escritorio. Nunca lo hubieran creído. Ramirez tiene el aspecto de un can al que hubiesen arrojado de una casa. Dominguez se siente tan humillado, tan minúsculo, que quisiera ser una simple cucaracha para salir desapercibido del vestibulo de las oficinas del estudio donde varias personas esperan para despachar sus asuntos. La que deseaba saber por qué no engordaba la Colbert, no dice nada; pero por su mohin vengativo se puede apreciar que, influenciada por morbosas películas que ha visto, está pensando en el filtro envenenado que le gustaría emplear no sólo en la estrella de su adoración sino en todos los altos empleados de Cine-MUNDIAL