Cine-mundial (1946)

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Lriguena y Misteriosa Por Elena de E NTRE las nuevas artistas de la pantalla, que por lo general suelen .ser alegres y pelirrojas, tengo una decidida predilección por una que es del tipo opuesto—trigueña, misteriosa, seria, de mirada reservada y hasta un poco adusta cuando no conoce a la gente. Es ella Gail Russell, brillante lucerito de la Paramount, cuyo rostro se transforma al hablarme, suavizandose el mirar de sus bellísimos ojos verdes, que ofrecen marcado contraste con su negrisimo cabello de andaluza. Claro esta que Gail Russell no es andaluza, sino americana, nacida en Chicago y residente de California desde que contaba cinco años de edad. Me ha interesado Gail Russell desde su aparicion en la segunda pelicula que la designara el estudio despues de su debut con Ginger Rogers en “La que no Supo Amar,” hace un par de años. El verdadero debut de Gail fué en la película de misterio, “El Mandato del Otro Mundo,” con Ray Milland, Ruth Hussey, Cornelia Otis Skinner y Donald Crisp, al lado de los cuales no parecia una debucante, sino una veterana. En su ascensión artística ha tenido a su lado el factor suerte desde el primer momento, y así me lo dice ella misma cuando la entrevisto a raíz de su reciente actuación con Diana Lynn en la película “La Loca Inocencia,” continuación de la primera filmada por ambas artistas, “Escapada de Amor.” —Nunca me había pasado por la imaginación ser artista de cine—me dice Gail— y no lo sería seguramente si no hubiera dado la casualidad de que cierto día dos muchachos que iban a pie por una carretera, encontraron una buena alma que detuvo su automóvil y les trajo complacido hasta Hollywood. El alma buena era William Meiklejohn, ejecutivo de la Paramount, y los chicos eran dos condiscipulos míos en la escuela de Santa Monica. ¡Y por ahi me llegó la suerte! No esta muy claro todo esto para mi y Gail no parece, muy dispuesta a decirme mas. Por fortuna viene en mi ayuda Eddy Schellhorn, paño de lagrimas de los periodistas en la Paramount. Y como Schellhorn es mas parlanchin que Gail Russell, deshace el enredo, poniéndome en autos de lo que me interesa. La conversacion entre Meiklejohn y los dos inesperados pasajeros de su auto—según me informa Schellhorn—se encauzó por los derroteros del cine. Los dos hablaron con entusiasmo de una condiscipula bellisima, que segun ellos debia ser estrella. Y Meiklejohn no echo en saco roto la confidencia y apenas llegó a la Paramount despachó a un “sabueso” a la escuela de Página 384 la Torre Gail Russell, de la Paramount, la colegiala que se convirtió en estrella por casualidad. la cercana ciudad de Santa Mónica. Allí se hallaba Gail Russell, en la clase de dibujo por cierto, tan enfrascada en sus “Ccreyones,” que no paró mientes en el “Sabueso” que atisbaba desde la puerta. Meiklejohn supo asi, a los diez minutos, que sus compañeros de viaje se habían quedado cortos en el elogio. Y Gail Russell, antes de salir de la clase ya tenía un telefonema de la Paramount, rogándole que pasara en seguida por el estudio. Sin poder explicarse para qué se la solicitaba, Gail fué a la Paramount al siguiente día. Todo estaba ya dispuesto para las pruebas fotogénicas. Antes de una semana tenía firmado un contrato. Y se encontró convertida en artista de cine sin saber cómo. Las ambiciones de Gail eran muy distintas, por cierto. —Adoro el dibujo y la pintura—me dice—y estaba decidida a hacer de mis aficiones mi profesión. Pero la suerte quiso otra cosa. La suerte, compañera inseparable de Gail, la llevó a debutar en la película de Ginger Rogers, que habia sido su idolo siempre. —Toda mi ilusión consistia—dice Gail— en poder ver algún día a Ginger Rogers en persona. Lo logré un día de Navidad en las carreras del hipódromo de Santa “Anita. Y cuando cinco años después pude hablar con Ginger Rogers en el “set” de “La que no Supo Amar,” le describi minuciosamente el vestido y el sombrero que llevaba en aquella tarde, sin olvidar un solo detalle. ¡Tal fué la impresión que me había causado ! Cuando la Paramount adjudicó a Gail el papel de “Stella Meredith” en “El Mandato del Otro Mundo,” y trabajó con Cornelia Otis Skinner, no podía figurarse tampoco que estaba en vispera de repre “sentar a la propia Cornelia en la película basada en la novela que escribió ésta en colaboración con Emily Kimbrough, “Escapada de Amor.” —La suerte, como de costumbre, vine en mi ayuda—explica Gail.—Yo era muy amiga de Diana Lynn y ésta, que quería hacer el papel de Emily en la película, estaba estudiándolo con afán y me rogó que se lo repasara. Estábamos las dos compenetradas por completo con las protagonistás. Y cuando llegó la hora de filmarse la película, fué fácil que nos eligieran para los papeles. ¿Después ha filmado Gail otras varias películas, entre ellas una de Alan Ladd, “Deuda Saldada,” en la que tiene el importante papel de la protagonista, una linda maestra de escuela. —Esta película era muy importante para mi—recuerda la estrella—por que en ella tenia mis primeras escenas de amor con Alan Ladd, considerado en el cine como uno de los mas fogosos amantes de la pantalla. El pensar que Ladd iba a besarme me quitó el sueño durante muchas noches, creyendo que a su lado yo iba a hacer el ridículo. Rogué al estudio que me permitiera ver algunas escenas famosas de amor para orientarme. Pasé un día seis horas enteras en un cuarto de proyección estudiando la técnica de Greta Garbo, practicada con John Gilbert; de Agnes Ayres, con el incomparable Valentino; de Clara Bow, de Jean Harlow, de Norma Shearer y de otras muchas artistas... Las mejillas de Gail Russell se colorean de rubor al confesar esto, y sigue diciéndome: —Dos días después llegó el momento de filmar la escena ardiente de la película. Alan Ladd me tomó en sus brazos y acercó sus labios a los míos. Yo murmuré temblando las palabras tradicionales: “I love you.” Y él me besó apasionadamente una VEZ Otra y Otra —Y.. —Y le aseguro a usted—dice apresuradamente Gail Russell, como para acabar pronto—que aprendí mucho más en los sesenta segundos de lección práctica que me dió Alan, que en las seis horas pasadas en el cuarto de proyección. Al llegar aquí la entrevista, Gail Russell ha perdido por completo su reserva y su timidez y es la criatura alegre y radiante que sólo conocen sus íntimos. Alegre y radiante dentro de los límites del más absoluto recato. Porque Gail Russell más que la artista de cine es la hija de familia modesta y juiciosa, que vive sin ostentación en un pequeño departamento de Beverly Hills, que va al cine casi todas las noches, que no bebe, no fuma, no se acuesta tarde jamás y no cree que es bella. Para la cronista, Gail Russell es sinónimo de encanto y de perfección. Cine-MUNDIAL