Cine-mundial (1946)

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Olivia y La Candelaria Hasra los alumnos de primer año saben que los grandes descubrimientos se hicieron por casualidad. Una manzana en el cogote y ¡zas! la Ley de la Gravedad. Un frasco que sufre vértigo y cae sobre un vidrio del laboratorio... y ya tenemos fotografía y, con el tiempo, cine. Algún dia me iba a tocar a mí una de esas casualidades providenciales, aunque, como siempre, tenia que enredarse de muchos modos. Conmigo, nada resulta sencillo. Acabábamos de ver “Lágrimas de una Madre,” fotodrama de Paramount, que aparte de magnífico argumento, lleva la innovación de presentar a Olivia de Havilland a la edad que tiene—que no es mucha—y a la de los cuarenta y pico. Y ambas Olivias están admirablemente convincentes. Entre el talento del maquillador y el talento de la artista, se consumó una obra maestra. Porque la joven, haciendo de cuarentona, se nota gorda, como cualquier matrona “de cierta edad” y con visibles muestras de estar en el meridiano de la vida. Y, de adolescente, ni quien lo dude. Y todo se logró en las contadas semanas que duró la filmación de la cinta. ¡Si yo pudiera realizar milagros de ese tamaño y quitarme décadas de encima como quien se quita la caspa! Pero esos son asuntos personales. ¿Qué le paso al descubrimiento ?—dira el lector. Alla vamos. Al día siguiente del estreno, Olivia me dió cita en el hotel Waldorf, por intermedio de Mary Butler, una chica que dice que “está enamorada... de sí misma” ¡Y con razón! Por culpa de un amigo con quien tropecé (y que quería relatarme, y me relató, detalladamente, los síntomas, recaídas y convalecencia de su último ataque de alcoholismo agudo) llegué tarde a la cita. Mary Butler me puso la cara más seria que pudo, pero como la tiene tan linda (ya lo dije, y van dos veces) no me hizo ningún efecto. —Ya se le adelantó un señor—me explicó mostrándome a Olivia sonriéndole a un caballero de encrespada melena.—Están hablando de botánica. Así es la vida. Llega uno a un hotel de lujo y se topa con lo más complicado de la Ciencia. Me dediqué a observar. Olivia, inteligentísima, como lo prueba el hecho de que, para no tener que divorciarse, no se ha casado, vestia un traje negro, escotado y con los brazos al aire. Al cuello, una sarta de cuentas de oro. En la cabeza, lo que yo, con permiso de la Sección de Modas, llamaría un sombrero de tres mil picos. Era grande, redondo y orlado con innumerables piquitos. Agosto, 1946 Por Olivia de Havilland, la linda artista de Paramount, sorpren dida ante su propio tocador, cuando se probaba un sombrero nuevo. El señor de la cabellera despeinada movia la cabeza, miraba angustiosamente al techo, fruncia las cejas y estaba, evidentemente, derrotado por la Botánica. Olivia—a quien la víspera había pedido yo la dirección de su maquillador—me hizo sonriendo seña de que me acercara a cortar aquel nudo gordiano. —Este caballero—me dijo—no sabe lo que es una Candelaria de Dios. —j Qué ignorante !—exclamé para ganar tiempo. Pero no paso nada, porque Candelaria no conoci mas que una y no era flor, sino mi abuelita. Por fortuna, intervino la casualidad y sobrevino el descubrimiento. Olivia me pidid mi carnet (todavia lo uso, porque ya se sabe que estoy chapado a la antigua) y se puso a dibujar la candelaria de Dios. Con lo que esta revista mensual ilustrada tiene el honor de publicar el primer dibujo original de Olivia de Havilland que haya salido jamas en papel impreso. Y con lo que se revela, ademas, que la joven no solo sabe representar muy bien, sino dibujar muy bien. Nos enteramos, por otra parte, de que la Eduardo Guaitset jSensacién! A la izquierda, dibujo original de Olivia, exclusivo Para esta revista... iy la sorpresa que la joven se va a llevar cuando lo vea publicado! tal candelaria es, en realidad, de la familia de las yucas, a las que todos tenemos el gusto de conocer, y que florece en las tierras sedientas de California, Tejas y el norte de Méjico. El señor de la melena estaba de pésimo humor y hubo que amansarlo. De lo cual se encargó Mary Butler comunicándole que Olivia había nacido en el Japón. —Su papá era profesor de inglés en la Universidad de Tokio. —¿Y cómo vino a guntó con exasperación colega. —A los tres años, toda la familia se trasladó a los Estados Unidos y aquí se quedaron a estudiar las dos hermanas, Olivia y Joan Fontaine, que, con el tiempo, llegarían a ser estrellas, cada una por su propiaycuenta y sus propios méritos. Y así fuímos de la botánica a la astronomía, pasando por el dominio de las bellas artes. Cuando se marchó el señor que no sabía ¡el pobre! lo que es la candelaria de Dios, Olivia me escribió en el carnet la dirección de su maquillador. ¡Pero esa no se publica! parar aquí ?—prepero con lógica mi Página 381