Cine-mundial (1946)

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“El Buen Pastor” y “Las Campanas de Santa María”; la otra pegando chillidos, asesinando el idioma inglés, y bailando sambas con las contorsiones de cadera que los incautos yanquis se imaginan que vienen directamente de la selva brasileña. COMO SIGAN estrellándose más aeroplanos contra los rascacielos, habrá que pensar en estas tres soluciones que brindamos al Alcalde de Nueva York, como hombres prácticos que somos: Primera.—Poner parachoques a los rascacielos. Segunda.—Construir refugios antiaéreos donde se escondan los rascacielos los días de niebla y puedan seguir trabajando confiados los oficinistas de los últimos pisos. Tercera.—Crear unas peluquerías para rascacielos donde se corte a algunos su encrespada melena. Pero tal | vez estos proyectos le parezcan demasiado caros a Mister O’Dwyer. En vista de ello —Deme otra papeleta, y dígale a ese tipo que está en la puerta que si me la vuelve a partir en dos no volveré a comprar otra! y por eso de que hombre prevenido vale por dos, tenemos otro proyecto de unos alminares estratégicamente colocados y desde lo alto de los cuales, los guardias del tráfico podrían dirigir fácilmente la circulación aérea. Este nuevo cargo se podría combinar facilmente con el de almuecin, costeándolo a medias con el Ayuntamiento las capillas mahometanas de Nueva York. De esta manera sería más “operático” el oficio de policía del tráfico y más práctico el canto del almuédano. ACABAMOS DE ENTERARNOS de que la palabra Technicolor es una marca de fábrica y que a una compañía productora le pusieron un pleito de $25,000 por dejar fuera la hache esa que lleva en medio. A ver si a algún abogado se le ocurre ahora revisar los números atrasados de esta revista. SI ALGUNOS SUELDOS son fantásticos en los Estados Unidos, también lo son las contribuciones. El Estado se llevó el 70% de los dos millones recaudados en la Página 378 SL PAN N [| y —Entérese por estos periódicos de lo que pasa actualmente en el mundo y dígame después si es que le quedan pelea de Joe Louis y Billy Conn; y un ciudadano que gane $1,000,000 al año tiene que pagar $900,000. Si no declara la verdad, va a la cárcel. Los tribunales acaban de condenar al propietario de la cadena de restauranes Longchamps, por embolsarse dos millones y pico de dólares que pertenecían al fisco; y se dice que las autoridades acechan a otros sesenta y cinco individuos que deben todavia mayores contribuciones—uno de ellos cerca de veinte millones de dólares en un solo año! El Guía.—Ese castillo tiene 300 años. No se le ha cambiado una sola piedra, nada se le ha alterado en esos tres siglos, reparado o reemplazado. El Turista.—Debe ser del mismo dueño del hotel donde estamos parando. DURANTE EL ÚLTIMO AÑO) en | Bélgica el público se ha gastado cincuenta millones de dólares en ver peliculas—un’ 25% más que antes de la guerra. Esto debe tener su explicación, aunque a simple vista parece reñido con la lógica. Lo mismo que el hecho de que los Estados Unidos ganen hoy más que nunca con la exportación de material cinematográfico, a pesar de los teatros que se han destruido y de la miseria que reina en gran parte del mundo. aún deseos de abandonar esta isla. LAS REVISTAS norteamericanas que antes costaban cinco centavos, como “Collier’s” y “Post,” ahora valen diez y para fines de mes se venderán a quince. Salvo raras excepciones, y a pesar de las estadísticas oficiales, ésta es la proporción en que todo ha subido en los Estados Unidos desde el año 1941. EN LAS ESCENAS de violencia que se filman en la actualidad, los directores no se conforman con que el galán le dispare un tiro al barba, sino que le obligan además a que le pegue unos cuantos golpes en la cabeza con el mango del revolver o una serie de patadas en el vientre cuando se supone que está medio muerto en el suelo. Todos sabemos que esas maniobras se ejecutan de acuerdo con las reglas del arte y que rara vez los actores se hacen daño; pero nada bueno puede salir de este culto a la brutalidad—en algunos casos hasta a la alevosia—que se ha puesto de moda en Hollywood. LA DESCORTESÍA de los camareros y los conductores de ómnibus en Nueva York es proverbial desde que el pueblo comenzó a ganar dinero con la guerra y a amontonarse dondequiera que se come, se bebe o se detiene un vehículo público; pero mi las frases groseras de estos sujetos, _ni la ferocidad troglodita de los polizontes —que tampoco conviene olvidar—logran ‘producir un efecto tan desagradable como la insolencia estudiada de los maitres d'hotel de los grandes hoteles. A los ricos que acuden a estos sitios y que pagan cuentas astronómicas, y que sonríen, pasan la mano y dan propinas a todo el mundo antes y después de sentarse a las mesas... los reciben a veces como si trajeran la peste bubónica. Cine-MUNDIAL.